Era una casa de habitaciones amplias y techos altos, sostenidos por columnas blancas. El suelo, de baldosas grandes de color naranja, estaba húmedo y sucio de arena. Los muebles de la cocina eran de metal, pintados de blanco, un poco oxidados. Había una nevera, grande, redondeada, y antigua.
Habíamos estado fuera unos días, y regresamos preocupados por las mascotas. Estaban desperdigados por el suelo, arrastrándose. Habían estado comiendo lo que podían. Los pulpos estaban en el suelo, como sin cabeza, los tentáculos retorciéndose en un charco espumoso de agua y babas. Los caracoles, sin concha, también se arrastraban, secos y casi sin vida.
Decidí darle comida primero a una de las tortugas, que me sorprendió porque ya no tenía caparazón. Estaban tan ansiosa que se lanzó a morder mi dedo, presionándolo con fuerza. Yo tiraba de ella para evitar que hundiera su pico en mi carne, y temía que me arrancara un trozo.
Apenas conseguí librarme de la tortuga cuando un pulpo, que se escondía sobre el marco de una puerta, cayó sobre mi cuello, rodeándolo con sus tentáculos y haciendo fuerza, estrangulándome. Conseguí liberarme a duras penas.
Mi cuello estaba húmedo por el sudor.
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