lunes, 11 de agosto de 2014

VAMPIRA DEL ESPACIO INTERIOR

Primero fue una imagen. Un destello fugaz captó su atención entre otras miradas. Con el día a día, sus ojos se sincronizaron para seguir los de ella. Pero estos eran esquivos. Se apartaban siempre evitando todo contacto. Era una juego de lejos, en el que ninguno de los dos participantes estaba seguro de que el otro competía realmente. Pero lo hacían todos los días, jugaban a buscarse. Y cuando esas miradas por fin se cruzaron, ya no eran sólo ojos, sino también una sonrisa. Y un corazón que bombea. Y la certeza -que a veces se olvida- de estar vivo.
Entonces vinieron las primeras palabras. El sonido de su voz se unía al destello, a los ojos, a la sonrisa... Cada conversación era un martillo que derriba un muro: el de su individualidad. Y su risa era un bombardeo de madrugada que no deja un solo edificio en pie, pero que al mismo tiempo inflamaba su corazón de tal manera que le obligaba a salir del refugio antiaéreo para recibir esas bombas casi con dicha: "Todas a mi pecho, por favor". Poco a poco su voz ya no era su voz, sino la suya y la de ella. Sus monólogos internos -esos con los que había intentado descifrar el mundo- se conviertieron en conversaciones. Ya nunca volvió a sentirse solo.
Y finalmente descubrió su piel. Un roce bastó para hacerle sentir que la realidad era una simulación. Coger su mano era darse cuenta de que había estado atrapado en una caverna contemplando meras sombras. Besar sus labios fue como una revelación del verdadero Dios. Se convirtió entonces a una nueva fe. Él, que nunca había creído en nada. Él, que sabía que no había nada. Se había convertido en un fanático. Y quiso ser un santo en su nueva fe. Lo que no recordaba de las clases de religión es que todo santo debe vivir el martirio.
No estaba preparado para su ausencia. Y cuando llegó, descubrió que ella se había apoderado de cada latido, de cada bocanada de aire que llenaba sus pulmones y sobre todo de cada lágrima que salía -y eran muchas- de sus ojos. Ella lo había modificado genéticamente. Lo había convertido en otra cosa: eran dos seres fusionados como en La Mosca de Cronenberg. Pero él sentía que su cabecita pedía auxilio ridículamente como en La Mosca de Kurt Neumann. Ella se apoderó de cada idea y de cada pensamiento. Y cuando aquello no fue suficiente, penetró también sus sueños. Se sumergió desnuda en una laguna oscura y al llegar al fondo arrancó las raíces de un árbol que había dejado de crecer con el primer destello.
Esto le despertó con la certeza de que la respuesta siempre sería "no". Y vio con claridad que era demasiado tarde para salvar un organismo que había sido invadido en cada una de sus células y que ahora se movía como un zombie animado por los parásitos del amor. Ahora sabía que debía utilizar sus últimos esfuerzos en dar muerte al enfermo para luego quemar sus restos y evitar así que, la enfermedad del destello, contagie a ningún otro pobre incauto nunca más.